Tokenismo en Hollywood

Aparentar inclusión y diversidad incluso aunque ésta no sea genuina o se trate sólo de evitar acusaciones de racismo.

Se suele decir que la historia del cine americano es la historia del racismo y sexismo americano mismo. Mientras que se pueden hacer argumentos en contra de dicho enunciado, la realidad es que en poca o gran medida, hay una parte de verdad en el mismo. Y mientras que sería muy ambicioso intentar abordar tan sensible tema en toda la medida en una sentada; hay un fenómeno importante que se deriva del mismo, y que considero de gran importancia discutir. Esto debido a la importancia que tiene hoy en día… Y seguramente seguirá teniendo por algunos años más: El tokenismo en Hollywood.

El ‘tokenism’ es “la práctica de hacer públicamente pequeñas concesiones a un grupo minoritario para desviar acusaciones de prejuicio o discriminación. Pero donde esta inclusión no tiene como consecuencia avances fundamentales e importantes hacia la igualdad de oportunidades.” (Hogg & Vaughan, 2010). Si bien es un término que hasta hace poco era de uso exclusivamente anglosajón; el significado que conlleva le está permitiendo trascender barreras de lenguaje y temática. Y a pesar de que el término es relativamente nuevo en México, su significado nos debería ser familiar.

El tokenismo se hace presente desde el momento en el que aspirantes a la presidencia deciden hacer apariciones en los sectores más marginados de la sociedad; hasta el momento en que una empresa decide contratar mujeres o personas de minorías marginadas… Más por llenar una cuota o dar cierta imagen ante el mundo; que por su capacitación, experiencia o potencial.

Si bien no todo acto de inclusión en sí mismo es tokenismo, hay una buena cantidad de casos documentados en los que sí lo es. Esto es perjuicioso no sólo para el sistema sino para los movimientos de equidad e igualdad que son en sí buenas causas; ya que en un esfuerzo por aparentar o disimular progreso no se toman las mejores decisiones para ningún bando o para el progreso en sí.

El tokenismo se presenta de diversas formas, detrás y al frente de la cámara; pero todas comparten el mismo principio. Éste es aparentar inclusión y diversidad, incluso aunque ésta no sea genuina o se trate sólo de evitar acusaciones de racismo. Para hallar ejemplos no hay que indagar demasiado.

Sólo basta tomar una mirada a cualquier película comercial de los últimos años; y no nos debería tomar mucho tiempo darnos cuenta de que la mayoría pecan de lo mismo. De incluir personajes femeninos o de minorías étnicas que son relegados a mera escenografía o ambientación, carentes de trama, profundidad o una pizca que se asemeje a un personaje en sí.

Desde la damisela en apuros cuyo único propósito en la historia es ser salvada; hasta el papel de hombre negro irritante en las películas de terror que han creado la infame, pero dolorosamente cierta frase “el negro siempre muere primero.

¿Pero a qué se debe esto? Si bien no soy fan del juego de apuntar dedos al aire para determinar culpables; sí creo que en este caso es necesario analizar los problemas que siguen atañendo al cine para poder proveer una solución.

Se suele señalar muchos culpables, desde los guionistas y directores, hasta el sistema del cine Hollywoodense en sí. Y si bien considero que ambos puntos son hasta cierto punto válidos, todo se trata de una desafotunada combinación de factores que efectivamente pasan por el sistema y la manera en que el cine funciona; hasta nosotros mismos, como los consumidores de cine.

Comencemos por el sistema Hollywoodense, al cual solemos visualizar como este conjunto viejo y oxidado; conformado por ejecutivos de cine antiprogresistas clavados en el star-system de los 50. De aquí rescatamos dos cosas muy importantes. La primera de ellas es que el sistema al que tanto nos gusta atacar, está conformado por los ejecutivos, los productores, los inversionistas, los guionistas, los directores, los actores, los maquillistas, los cinematógrafos, pasando por los editores de audio y video hasta los sindicatos y las distribuidoras. El sistema del cine es tan amplio y complejo, que no es posible tratar de culpar del todo sólo un sector sin dejar que la culpa caiga en muchos otros hombros más.

Otro aspecto importante que solemos pasar por alto es que el cine (salvo por algunas muy marcadas excepciones); es una forma de hacer arte tanto como lo es una industria. Si bien ambas facetas por su naturaleza tienden en estar en conflicto, el cine funciona mejor cuando ambas están en equilibrio.

Lo que quiero decir con esto es que, si bien gran parte de la culpa recae en el sistema, debemos de reconocer la naturaleza limitante de industria del mismo. Como industria, el cine tiene una tendencia nata por estar opuesto al riesgo y pecar de formulaico en varios aspectos. Después de todo, para operar es necesario que haya ingresos; y para que haya ingresos es necesario que haya una audiencia que esté dispuesta a atender al cine de la forma más constante posible. De ahí que haya una preferencia por producir aquello que ya se ha probado y ha resultado efectivo. El cine es un negocio, no una beneficencia.

Con esto no quiero decir que el cine sea por naturaleza una entidad mala o desinteresada por el bienestar común. Como toda industria responsable, es posible mantener el cine bajo ciertos estándares; y de hecho así está idealizado con la incorporación de varios conjuntos como The Don’ts and Be Carefuls de 1927 , y el Código de Producción de 1930, en el cuál se estipula que:

“Aunque las películas son principalmente entretenimiento sin ningún propósito explícito de enseñanza o propaganda; [los productores] saben que la película dentro de su propio campo de entretenimiento puede ser directamente responsable del progreso espiritual o moral, de los ideales superiores del estilo de vida, y para el pensamiento correcto“.

The Motion Picture Production Code of 1930 (Hays Code)

Aquello es una bella forma de visualizar al papel del cine en nuestra sociedad. Pero no se ha hecho un esfuerzo lo suficientemente grande para mantener dichos ideales; no sólo por parte del sistema, sino por nosotros, los consumidores.

Se suele debatir el papel que juega el consumidor en una industria, y la responsabilidad del mismo respecto a aquello en lo que consume. Este debate se ha acrecentado con temas como el narcotráfico o incluso la industria del azúcar; dónde se ha demostrado que no sólo crea esta adicción, sino que la industria del azúcar llegó a pagar para crear estudios que deslindarán de cualquier responsabilidad al azúcar en temas como la obesidad infantil. Si bien el tema con respecto al cine pareciese más fácil al no poder incluir temas como adicción o desinformación; la realidad es que nuestra presunta incredulidad o desinterés nos lleva al rezago al no exigir productos de mejor calidad, o en contenido más incluyente.

Es aquí donde entra aquello que como sociedad consideramos lo socialmente aceptable.

Tomemos “El Nacimiento de una Nación” (1915) de D.W. Griffith como un ejemplo. Si bien la película es una obra maestra en más de un sentido, y redefinió la manera de hacer cine, en su momento causó mucho escandaló y disturbios por la manera en la que plasmaba a la sociedad afroamericana como un subgrupo, y a los miembros del Ku Klux Klan como héroes.

Fue en ese momento que gran parte de la sociedad y asociaciones civiles decidieron que una línea había sido traspasada. Y si bien el film fue un éxito comercial, tal fue el rechazo que sufrió por sus mensajes, que el director tuvo que dirigir otra película (Intolerancia de 1916). Esto tan sólo para quitarse de encima las acusaciones de racista.

De no haber sido tan grandes los ecos en contra de dichos mensajes, muy seguramente más películas habrían incluido mensajes similares perpetuando aún más los mitos racistas que inundaban en aquel entonces.

 

Como sociedad tenemos el poder de definir aquello que consideramos aceptable en una sociedad sana y justa. Muchas veces lo que nos falta es convicción. Es por ello que tenemos normas que clasifican las películas de acuerdo a lo que cada sociedad considera aceptable o apropiado. Pero es cuando como sociedad decidimos qué es aceptable; que el papel de una mujer negra o latina en el cine está limitado al de una sirvienta, o el de una persona de Medio Oriente sólo puede interpretar terroristas. Caemos culpables de aquello que solemos culpar.

La solución no está en boicotear el cine comercial al no adecuarse a lo que consideramos progresista ni mucho menos. Se trata de reconocer el poder que tenemos de exigir material no sólo de mejor calidad; sino que genuinamente refleje al mundo como es o cómo podría ser… Con todos sus colores y facetas, y nuestra responsabilidad de reconocer a aquellos cuando lo hacen.

 

El futuro de Hollywood

Durante mucho tiempo se ha creado contenido que si bien ha tenido mucha variedad en cuanto a calidad, no reflejan del todo al espectador. Aún más importante, al mundo. Pero aunque no lo parezca, la realidad es que el futuro es alentador. La televisión es un claro ejemplo de esto.

Gran cantidad de talento de cine ha migrado a la pantalla chica dónde sienten que su potencial artístico es más apreciado. Pero también donde sienten que es dónde se está haciendo progreso genuino; y las audiencias han mostrado su aprobación a tal cambio al sintonizarse a ver la televisión o disfrutarlo por otros medios como lo son el streaming. A tal grado que la televisión tiene la mayor cantidad de vistas, lo cual está forzando al cine a reconsiderar el contenido que ponen al aire al ver su clientela decrecer; de la misma manera que se vio forzado a hacer cuando la televisión apareció en los 50.

Otros ejemplos dignos de mencionarse son los movimientos #OscarsSoWhite o #TimesUp; que han logrado abrir la discusión respecto a estos temas.

En conclusión, no se trata de demeritar el cine que ha habido ni el cine que hay ahora. Hacerlo sería simplemente demeritar los cientos de grandes obras que nos ha dado. Simplemente se trata de reconocer que hay ciertos sectores de la sociedad que merecen y son capaces de aportar de dicha grandeza. El cine tiene un papel muy importante en la sociedad, no sólo como reflejo de la misma, sino también como catalizador de cambio, ya sea para bien o para el mal.